Llegó a su primera actividad de Biodevas sin saber muy bien qué esperar. Había visto el cartel, pensó «por qué no», y una mañana de sábado se presentó en una playa del centro de Asturias con unos guantes de jardinería prestados y una mochila con agua. Al terminar la jornada, después de recoger plásticos, separar residuos y pesar el resultado, sintió algo que no esperaba: ganas de repetir.
Esta persona no existe, pero su historia se repite cada vez que alguien se acerca al voluntariado ambiental por primera vez. En Biodevas hemos visto a decenas de personas llegar sin saber nada y acabar coordinando actividades, identificando aves o llevando los registros de las limpiezas. Y todas tienen algo en común: empezaron sintiendo que no sabían suficiente.

No hace falta saber
En el voluntariado ambiental no hay examen de acceso. No necesitas saber de botánica para plantar árboles ni de ornitología para contar aves. Lo único que hace falta es querer estar ahí. El resto se aprende sobre la marcha, con la gente que ya lleva tiempo y te explica por qué esa planta es importante o por qué ese residuo no debería estar en la playa.
Una mañana que cambia el día
Las actividades duran entre tres y cuatro horas. Empiezan con una explicación, siguen con trabajo de campo, y terminan con una comida compartida o un café. El ambiente es distendido, no hay jerarquías, y cualquiera puede proponer cómo hacer las cosas.
Si nunca has hecho voluntariado ambiental, este verano puede ser el momento. No hace falta que sepas nada. Solo hace falta que vengas.
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