Una mañana en la playa contada por un chorlitejo

Una mañana en la playa contada por un chorlitejo

Chorlitejo chico en la orilla de una playa arenosa

Amanece. El mar está en calma, la marea baja descubre una franja de arena húmeda que brilla como un espejo. Una figura menuda corre tras la ola, se detiene, picotea algo, y vuelve a correr. Es un chorlitejo grande, y esta mañana la playa es suya.

La carrera contra la ola

El chorlitejo grande (Charadrius hiaticula) es un especialista del borde del agua. Sus patas cortas se mueven a una velocidad que hipnotiza: corre, se para, inclina el cuerpo, picotea un crustáceo minúsculo que la ola ha dejado al descubierto, y corre de nuevo antes de que la siguiente ola le moje las patas. Así pasa las horas muertas de la marea baja, en un ballet que apenas hemos aprendido a observar.

En julio, las playas asturianas son un hervidero de actividad para estas aves. Han criado en el norte de Europa —Islandia, Escandinavia, las islas Británicas— y ahora, en plena migración postnupcial, muchas se detienen en nuestras costas para reponer fuerzas antes de seguir hacia el sur. Asturias es para ellas una gasolinera en medio del viaje.

Pero el chorlitejo comparte la playa con algo más que las olas. Comparte la playa con nosotros.

Chorlitejo sobre la arena húmeda, junto a la orilla del mar

El peligro que no se ve

Un chorlitejo no distingue entre una persona que camina distraída y un perro suelto. Para él, ambas son lo mismo: una mole que se acerca y ante la que hay que huir, gastando una energía preciosa que necesitará para el siguiente tramo del viaje. Si la huida se repite demasiadas veces, el ave agota sus reservas y no podrá continuar.

El problema no es la persona que pasea por la orilla. El problema es la persona que se adentra en los sistemas dunares, que deja que su perro corretee por la arena seca, que recoge conchas sin saber que son el almacén de carbonato cálcico del ecosistema marino, o que pisotea sin querer los huevos de un ave que ha puesto su nido en una depresión de la duna, camuflado a la perfección.

Cómo compartir la playa sin dañar

  • Camina por la arena húmeda, cerca del agua. La arena seca y las dunas son el hogar de muchas especies.
  • Si ves un ave que corre y no vuela, es que está alimentándose. Aléjate, no la persigas. Cada vez que alza el vuelo gasta energía que no puede recuperar fácilmente.
  • Los perros, mejor atados en zonas de nidificación. Un perro suelto puede destruir una puesta entera en segundos.
  • Las conchas no son souvenirs. Cada concha que nos llevamos es carbonato cálcico que falta en el mar para que otros organismos construyan sus caparazones.
  • No dejes basura. Lo obvio, pero nunca sobra recordarlo: una bolsa de plástico puede matar a una tortuga o a un ave marina que la confunda con comida.

Lo que la playa nos enseña

Cada verano, Biodevas organiza jornadas de observación de aves en las playas asturianas. No hace falta saber de ornitología: basta con sentarse en la arena un rato, en silencio, y mirar. Al cabo de un rato, el chorlitejo deja de huir y vuelve a su carrera contra las olas. Entonces empieza de verdad el espectáculo.

Entender lo que ocurre en esa franja de arena que separa el mar de la tierra firme es el primer paso para protegerla. Y proteger la playa no es solo recoger basura —que también—, sino aprender a estar en ella sin dejar huella.

«Proteger la playa no es solo recoger basura: es aprender a estar en ella sin dejar huella.»


Las fotografías de este artículo pertenecen a actividades de Biodevas en la costa asturiana.

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